La foto familiar está datada el 30 de abril de 1975 y tomada en el restaurante Olave de la localidad del mismo nombre a 9 kilómetros de Pamplona, en el banquete de boda de mi primo Manolo López. La foto me pillo en plena faena de degustación gastronómica. Tenía 11 años y estaba cursando 6º de EGB en el colegio Cardenal Ilundáin. Siete meses más tarde moría Franco y se abría una nueva y esperanzadora etapa en nuestro país. Me acompañan de izquierda a derecha mi abuela paterna, Felicitas Alario, mi padre Antonino Albillo y mi madre Cecilia Torres.
Memorias de la Vieja Castilla
Recuerdos, Imagenes e Historias de la Tierra de Campos palentina
sábado, 8 de agosto de 2026
Soledad en la llanura. El abuelo
Recuerdo su imagen: silencioso, justo enfrente, al lado de la ventana, en aquel sillón suyo, contemplando a las gentes que pasaban por el camino de la fuente o frente a las escuelas. Escuchaba yo sus historias con agrado, sus bromas y sus gestos. Qué humor, qué alegría desprendía aquel hombre de ochenta y tantos años.
Luego fue apagándose, como una vela que se consume, poco a poco; un poco más postrado cada día, pero lúcido hasta el final, aunque más triste, más silencioso, más amargamente solo.
Recuerdo también años atrás, en el pueblo, cuando aún vivía la abuela, en su casa, cuando regresaba del campo. Los años pasaron y se iban marcando en su rostro. Regresan a mi memoria las últimas imágenes, un año antes de su muerte.
Hoy la llanura está sola, extrañamente vacía y silenciosa. Paseo por el camino que separa un pueblo de otro y siento, más que nunca, esa soledad, la soledad y el abatimiento; y siento que se me muere el recuerdo. No podré verle más.
El pueblo queda atrás y parece ahora una masa informe de casas amontonadas, sobre las que destaca la alta torre de la iglesia que tañe esas lentas campanadas. Y paseo por una bulliciosa calle de mi ciudad y siento que, en mi interior, también tañen desde lejos esas campanas.
Le recuerdo sentado sobre una silla, temblorosa la mano, buscando en el bolsillo de la chaqueta la petaca de tabaco y el librillo; amasando luego entre sus arrugadas manos lo que sería un pequeño cigarrillo, que encendería con el viejo chisquero. La boina calada y el cigarro entre los labios. La mirada recta, seria, que se tornaba de repente en una sonrisa acompañada de un movimiento de cabeza, como diciendo: «¡Ay!». Y, de pronto, una tos seca por causa del tabaco.
Aquellos ojos profundos miraban el fondo de las personas; se clavaban en la ventana con una mirada perdida. Mirada perdida, como si recordara el pasado, como si lamentara el presente, como si supiera de antemano el futuro que le esperaba. Aquella nariz aguileña… Aquella tez sonrosada…
Sentía la lenta agonía del tiempo. Hoy la llanura atardece, pero llora en silencio —con esa soledad que se siente en el aire, en los árboles, en las calles, en los corazones— la muerte de un hombre que formaba parte de esa pequeña gran historia de los pueblos, de las gentes de Castilla.
Desde aquí, Castilla se me ofrece como un refugio para la reflexión, la lectura o la literatura. Pero sé que, para mí, esa llanura ya no tendrá aquella atmósfera de entonces, porque habrá perdido uno de sus más entrañables componentes.
No perdamos nunca la memoria ni el recuerdo de nuestros antepasados.
Vicente Torres Delgado. Fuentes de Nava, 1 de septiembre de 1893 – Autillo de Campos, 24 de agosto de 1983. Elegía escrita por su nieto Carlos Albillo Torres en octubre de 1983
jueves, 9 de julio de 2026
Romances y coplas de ciego en Tierra de Campos
Además de las canciones que voy recogiendo en el Álbum sonoro familiar, otro de los recuerdos que forman parte del acervo de mi familia son los romances y coplas de ciego a los que me he referido en diferentes entradas de este blog. En este apartado de la cultura popular entrarían también algunas de las canciones infantiles —algunas no dejaban de ser romances— que, transmitidas sobre todo por mi madre, recogí en Canciones infantiles de antaño (1893-1973) del blog Memorias del Viejo Pamplona, pero en esta entrada me voy a limitar a los romances tradicionales y coplas de ciego.
Antes de que hubiera radio en las cocinas, antes de que el televisor presidiera las cenas, solía haber un hombre que llegaba andando a la plaza del pueblo los días de fiesta y de mercado y que por pocos céntimos contaba en los pueblos de Tierra de Campos lo que pasaba en el mundo: un crimen en Sevilla, un milagro en Zaragoza, una hija que mató a su madre porque la querían casar a la fuerza. Era ciego casi siempre —de ahí el nombre—, pobre, y traía la actualidad y el espanto y la moraleja en el mismo paquete, cantados a voz en cuello sobre una melodía monótona que se pegaba al oído y ya no se iba.
Mi padre le compraba de vez en cuando a mi madre estos pliegos de cordel. En ellos se recogían en versos, que no siempre rimaban, crónicas sobre diferentes sucesos truculentos. En primer lugar habría que diferenciar los romances tradicionales de las coplas de ciego. El romance es una forma métrica antiquísima —versos octosílabos con rima asonante en los pares— que en España es la estrofa popular por excelencia; el romancero viejo, el tradicional, se transmitía casi siempre oralmente de padres a hijos sin papel de por medio. Solía tratar de guerras, cautivos, amores, venganzas, apariciones, malcasadas o episodios legendarios.
En este blog he recogido el romance tradicional de Delgadina y las coplas de ciego Julia Rodrigo, Un mocito de Mugardos y una referencia a una copla, cuyo texto no he podido encontrar en ningún sitio y que yo llamo El día 7 de enero porque con esa fecha comenzaba y que hablaba de un crimen pasional cometido por un sujeto llamado Luis Calvo.
El romance de ciego o copla de ciego es una cosa diferente al romance tradicional, aunque emparentada con aquel. Es una composición en verso, casi siempre de autor anónimo, que narraba un suceso —real o presentado como real— efectista o de resonancia: un crimen atroz, un milagro, un castigo divino, un caso insólito, un incendio, un adulterio, un niño perdido, una moza burlada, una aparición de la Virgen o un suceso local contado como advertencia pública. Lo definía muy bien el escritor e investigador granadino Bruno Alcaraz. Decía que las coplas contaban aquellos hechos «localizados en una aldea, un pueblo, una villa o una ciudad, y que por su dramatismo, atrocidad o espanto, así como por su desenlace trágico, impresionaron a las gentes de su época».
El pliego de cordel era el soporte físico de la copla: un pliego de imprenta barato vendido por cantores ambulantes —muchas veces ciegos—, que recitaban o cantaban dichas coplas en plazas, ferias, romerías y esquinas concurridas. El pliego estaba doblado hasta formar un cuadernillo de pocas hojas, sin encuadernar, con un grabado xilografiado sobre el título —un título largo y aparatoso que a menudo resumía ya el argumento— y el texto a dos o tres columnas. Se llamaron «de cordel» porque se vendían colgados de una cuerda tendida entre dos árboles o dos clavos, sujetos con una caña a modo de pinza para que no se los llevara el aire.
Los ciegos cantores de los romances y coplas no vagaban al azar: recorrían, según el músico y folclorista Joaquín Díaz, «sendas adjudicadas de antemano que les llevaban a las ferias y mercados correspondientes donde tendrían más o menos asegurada la venta de sus pliegos». Una red comercial, con sus rutas y sus exclusivas, apoyada en viejas autorizaciones reales que permitían a los ciegos imprimir y vender estampas de santos, y que ellos ampliaron hasta convertirse en los grandes distribuidores de literatura popular del país.
El ciego llegaba al mercado, desplegaba su cartelón —un gran tablero pintado con las escenas del romance, que iba señalando con una vara mientras cantaba—, reunía el corro, y desgranaba la historia con voz de recitativo. Si el romance era largo, cortaba en lo más emocionante para no perder clientela, y aprovechaba el intermedio para vender otras mercancías: el Calendario Zaragozano con la previsión del tiempo y las ferias del año, medicinas de dudosa virtud, oraciones. «Fin de la segunda parte —anunciaba—; estas dos no pintan nada, la tercera es la que vale.» Terminada la función, el lazarillo vendía los pliegos a quien quisiera llevarse la historia a casa.
Y la gente se la llevaba. En una comarca donde en el siglo XIX y comienzos del XX muchos no sabían leer, aquellos papeles se aprendían de memoria a fuerza de oírlos, y se recitaban después en las reuniones de la lumbre, en las noches de la matanza, en las veladas de verano en torno a la hoguera. Así una copla comprada una mañana de feria seguía viva en el pueblo mucho después de que el ciego se hubiera marchado a otra villa. Escuchada, memorizada, repetida y —esto es lo importante— deformada: cada boca cambiaba una palabra, ajustaba un verso, olvidaba una estrofa y se inventaba otra. Lo he podido comprobar en las coplas que me transmitieron mis padres. El romance impreso volvía a hacerse oral, y al hacerse oral se hacía de todos.
Si uno lee los títulos, entiende enseguida de qué iba esto: El crimen de Ceclavín, El crimen de la Ermita del Cristo del Otero, etc. Algunos de los temas eran casi exactamente los de las secciones de sucesos de cualquier periódico: crímenes pasionales, parricidios, muchachas deshonradas y abandonadas, valientes bandoleros, milagros, apariciones, catástrofes en lugares remotos que el oyente jamás pisaría. Hay además una referencia muy directa a Tierra de Campos: el Fondo de Música Tradicional del CSIC conserva una Copla de ciego de Tamariz de Campos, recogida por Joaquín Díaz, con informantes de Cuenca de Campos, Valladolid, cuyo inicio dice: «Lo que en Tamariz, señores, ha llegado a suceder». Ese arranque es muy característico: llamada al público, promesa de suceso extraordinario y tono de pregón.
El molde argumental se repetía con variaciones infinitas. Una joven honrada, de buena familia; un galán que la enamora, consigue sus favores bajo promesa de matrimonio y luego la abandona al saberla encinta; la deshonra, la vergüenza ante el qué dirán, y el desenlace: unas veces el infanticidio en un barranco y el niño salvado milagrosamente por un pastor; otras, la venganza sangrienta —la moza que coge el puñal, se planta en la iglesia el día de la boda del traidor y lo mata ante el altar—. «Yo soy la autora del crimen —declara ante el juez la Adelina de una de esas coplas—, porque a mi novio he matado, se iba a casar con otra y a mí me había deshonrado.»
En la mayoría de las coplas de ciego el suceso se jura verdadero. El ciego insistía siempre en que aquello había ocurrido de veras, con nombres, fechas y lugar, «y no era mera fantasía del autor». Y remataba con la moraleja, la lección de buenas costumbres que justificaba moralmente el regodeo en lo truculento. Las coplas eran escuela de espanto y de virtud al mismo tiempo. La Iglesia desconfiaba de estos papeles y a la vez los aprovechaba para difundir devociones; las élites cultas los despreciaban como «subliteratura», y sin embargo, como se ha escrito con razón, ningún otro repertorio contribuyó tanto «a la conformación del imaginario común y del gusto popular».
La radio y la televisión mataron al ciego de los romances a mediados del siglo XX. La misma voz eléctrica que traía el mundo a las cocinas —y que, andando el tiempo, se iría también, pero eso es otra historia— hizo innecesario al hombre que lo traía andando. El oficio se apagó en la posguerra y desapareció.
Que no se perdiera del todo se lo debemos, en Castilla, sobre todo a un hombre: Joaquín Díaz. El folclorista zamorano, afincado en Urueña —donde fundó su Centro Etnográfico y su Fundación—, dedicó parte de su vida a recoger, grabar y estudiar este patrimonio, rescatando de la memoria viva de las gentes lo que aún se recordaba. Hoy su Fundación conserva más de seis mil pliegos de cordel. Quien quiera oírlos —porque estas cosas hay que oírlas, no solo leerlas— tiene ahí las grabaciones de Joaquín Díaz. Yo recomiendo hacerlo una noche de invierno, con la casa en silencio. Se entiende de golpe por qué la gente formaba corro, por qué se les ponía la carne de gallina, y por qué muchas de aquellas historias, despojadas del pliego y del ciego, siguen andando por nuestros cuentos sin que sepamos ya de dónde vinieron.
sábado, 30 de mayo de 2026
Album sonoro familiar: Las canciones de "El último cuplé"

"El último cuplé", la película, las canciones que canta Sara Montiel en la cinta, en especial "El relicario" tienen un significado muy especial para mi familia. La vimos varias veces a lo largo de nuestra vida compartida. A mis padres y especialmente a mi madre Cecilia le gustaba mucho esta película. La primera vez que la ví fue de niño, seguramente en las vacaciones en el pueblo, en Autillo y posteriormente varias veces en casa, la última vez en la tarde del 13 de abril de 2013, cuando fallecía mi madre en el Hospital de Navarra y mi hermano me avisaba por teléfono del fatal desenlace. Sara Montiel había fallecido esa misma semana y estaban echando por enésima vez "El ultimo cuplé" como homenaje. Curiosa circunstancia que fuera esta película de final trágico tan vinculada al acervo familiar la que estuviese viendo yo en aquel fatídico momento.
La película la iba a protagonizar inicialmente Carmen Sevilla pero
estaba rodando en ese momento "La venganza" de Juan Antonio Bardem. El director Juan de
Orduña llamó a Sara que había venido a España de vacaciones tras estar
rodando varias películas en Estados Unidos. Se rodó en condiciones muy precarias por falta de dinero. La película se estrenó el 6 de mayo de 1957 y fue la película más taquillera del cine español hasta el estreno de "No desearas al vecino del quinto" en 1970. Supuso la consagración definitiva como estrella de Sara Montiel. Sara interpreta las canciones de la película que incluye títulos tan recordados como "El relicario", "Nena", "Valencia", "Fumando espero", "Y tu no eres eso", "La madelón", "Ven y ven", "Clavelitos", "Sus picaros ojos", entre otros, a diferencia de otras actrices que eran dobladas por cantantes profesionales.
La película narra la historia de María Luján, una gloria olvidada de la canción que actúa en un cabaret de Barcelona en los años 50. Al encontrarse con su descubridor, Juan Contreras y un grupo de amigos recuerda el pasado, sus comienzos como corista hasta llegar a convertirse es la primera figura del cuplé. Se narra la vida con su tía, sus primeros amorios, su renuncia al noviazgo para dedicarse al cuplé, sus giras por todo el mundo, un lance por honor, su enamoramiento por un joven torero, Pepe Molina, 10 años más joven que ella. Pepe debuta
en Sevilla y luego en Madrid, donde fallece en
la plaza ante la mirada de María y su tía. Tras la muerte de su amado
torero es cuando María Luján canta "El relicario", vestida de negro y
rota por el dolor. Muy afectada por la muerte de Pepe, un médico le aconseja
no volver a cantar por una afección cardíaca y se va a París. Posteriormente decide
volver a España y se instala en Barcelona. Sus amigos, la animan a volver a cantar y tras una gran promoción
vuelve a actuar en Madrid. Allí canta su
famoso tema "Nena", tras la cual emocionada y gravemente
enferma, muere en brazos de Juan, vestida de negro y
tumbada en la chaise longue. Juan anuncia al público que María ha
cantado su último cuplé. A continuación dejo algunas grabaciones de las canciones más famosas de la película, "Y tu no eres eso", "El relicario" y "Nena".
sábado, 23 de mayo de 2026
El Canal de Castilla (1753-2026)
Antonio de Ulloa redactó en 1753 el Proyecto General de Navegación y Riego para los Reinos de Castilla y León, asesorado por el ingeniero francés Carlos Lemaur, que ya había trabajado en un proyecto previo de hasta siete canales. Las obras comenzaron oficialmente el 16 de julio de 1753 en Calahorra de Ribas, en la provincia de Palencia. Fue una construcción larguísima, discontinua, con parones, guerras, falta de financiación y cambios de modelo de gestión. En 1754 ya se había avanzado hacia Paredes de Nava, pero la obra se paralizó tras haber construido 25 km; en 1759 se retomó el Ramal Norte desde la zona de Alar del Rey; en agosto de 1791 se dio por concluido el tramo inferior del Ramal Norte y sus aguas se unieron con las del ramal de Campos en Calahorra de Ribas; en 1792 se inicia el ramal sur en el Serrón.
En 1804 volvieron a interrumpirse las obras por la guerra de la Independencia; en 1828 pasó a manos de una empresa privada, ya que Fernando VII, ante la imposibilidad del Erario Público de seguir
sufragando la obra, dictó una Real Orden para que el proyecto lo
ejecutara una empresa privada. En 1831 el Estado concedía a la "Compañía
del Canal de Castilla" la explotación durante 80 años (luego reducidos a
70); en 1835 se terminó el ramal sur llegando las aguas a Valladolid; y en noviembre-diciembre de 1849, bajo el reinado de Isabel II el canal en su ramal de Campos alcanzó Medina de Rioseco y quedó configurado prácticamente como lo conocemos hoy. El
14 de diciembre de 1849 comenzó oficialmente la explotación por parte
de la Compañía del Canal de Castilla. Por tanto, puede decirse que el Canal de Castilla se construyó entre 1753 y 1849. Casi un siglo. Una obra ilustrada que nace con Fernando VI y el marqués de la Ensenada, atraviesa el reinado de Carlos III, la Guerra de la Independencia, las crisis del primer liberalismo y termina ya en tiempos de Isabel II.

La longitud total que suele darse es de 207 kilómetros, aunque algunas fuentes hablan de 205, 207 o incluso algo más, según incluyan ramalillos, dársenas o mediciones técnicas. La estructura general tiene forma de Y invertida: nace al norte, en Alar del Rey, y se divide después hacia Medina de Rioseco y Valladolid. El canal discurre por las provincias de Palencia, Burgos y Valladolid. Entre los núcleos más representativos están:
Ramales y pueblos por los que pasa
En el Ramal Norte: Alar del Rey (cabecera), San Quirce de Río Pisuerga, Herrera de Pisuerga, Ventosa de Pisuerga, Castrillo de Río Pisuerga, Olmos de Pisuerga, Naveros de Pisuerga, San Llorente de la Vega, Melgar de Fernamental, Osorno, Cabañas de Castilla, Requena de Campos, Boadilla del Camino, Frómista (famosa por su cuádruple esclusa), Piña de Campos, Amayuelas y Calahorra de Ribas/Ribas de Campos. En el Ramal de Campos: El Serrón, Villaumbrales (sede del Museo del Canal) , Becerril de Campos, Sahagún el Real, Paredes de Nava, Fuentes de Nava, Abarca de Campos, Capillas, Castil de Vela, Belmonte de Campos, Tamariz de Campos y Medina de Rioseco (dársena final). En el Ramal Sur: Grijota, Palencia, Villamuriel de Cerrato, Soto de Albúrez, Baños de Cerrato, Dueñas, Cubillas de Santa Marta, Trigueros del Valle, Valoria la Buena y Valladolid. El Ramal Norte tiene 75 km y 24 esclusas para vencer un desnivel de 85-87 metros, el Ramal de Campos se extiende a lo largo de 78 km y 7 esclusas ( es el de menor desnivel) y el Ramal Sur posee 54 km y 18 esclusas, en total 49 esclusas que permiten salvar los desniveles, además de acueductos, presas, dársenas, retenciones y puentes. Se vence un desnivel total de 150 metros. El cauce se excavó directamente sobre el terreno, a pico y pala, sin maquinaria pesada, con sección trapezoidal, anchuras variables entre 11 y 22 metros y profundidades aproximadas entre 1,80 y 3 metros.

Construcción: coste y mano de obra
En la obra trabajaron campesinos de las poblaciones cercanas, destacamentos del ejército y presidiarios. La fuerza de trabajo llegó a superar las 4.500 personas en algunos momentos, reclutadas entre la población local y mediante trabajo forzado de penados, práctica habitual en la época para las obras públicas. La aportación técnica corrió a cargo del Cuerpo de Ingenieros Militares durante el siglo XVIII y, en el XIX, de ingenieros civiles. Según las fuentes, participaron entre 2.500 y 4.500 presidiarios en condiciones de trabajos forzados, puestos por el gobierno a disposición de la Compañía del Canal de Castilla, con una asignación de 2,5 reales por presidiario y día que pagaba el gobierno. De aquella etapa todavía se conservan mazmorras para los presidiarios.
Además de excavar el canal, hubo que levantar una arquitectura hidráulica enorme: esclusas, presas, puentes, acueductos, dársenas, retenciones, molinos, fábricas, almacenes y casas de escluseros. No era solo una zanja con agua. Era un sistema técnico, económico y territorial completo. Carlos IV ordenó incluso repoblar el entorno del canal: se intentó crear once nuevas poblaciones a lo largo del recorrido, aunque solo consolidó Alar del Rey; otras como San Carlos de Abánades y Sahagún el Real tuvieron vida efímera.
No hay una cifra cerrada y definitiva del coste de las obras, pero fue enorme y muy superior a lo previsto. La obra se prolongó durante casi cien años, pasó por financiación pública y privada, sufrió paralizaciones, cambios de proyecto y reformulaciones contractuales. Una estimación académica, citando cálculos de Tapia y Helguera, sitúa el coste en más de 80 millones de reales, con años en los que el desembolso superó los 3 millones de reales. A coste actual habría supuesto entre 800 y 1.200 millones de euros.
Su función principal era el transporte de mercancías, sobre todo grano, mediante barcazas tiradas por mulas desde los caminos de sirga. El recorrido diario de las barcazas oscilaba entre 20 y 30 kilómetros, por lo que el trayecto entre Alar del Rey y Medina de Rioseco duraba entre 5 y 8 días. La navegación comercial comenzó antes de terminarse toda la obra, hacia 1792, y alcanzó su mayor esplendor entre 1850 y 1860, cuando llegaron a circular unas 400 barcazas. También hubo transporte de pasajeros: se citan incluso diligencias diarias entre Valladolid y Palencia.
Además, aprovechando la fuerza motriz del agua en las esclusas, surgió una notable actividad industrial vinculada al agua: fábricas de harinas, papel, cueros, molinos, batanes, armas e incluso astilleros. La navegación se mantuvo hasta bien entrado el siglo XX: el cierre definitivo al tráfico se produjo en 1959, motivado por la competencia del ferrocarril Valladolid-Alar del Rey, cuyo trazado paralelo al canal lo dejó obsoleto comercialmente.
La Confederación Hidrográfica del Duero indica que actualmente el canal sirve para abastecimiento: surte de agua potable a 48 municipios, entre los que destacan Palencia y la mitad de Valladolid, llegando a cerca de 400.000 personas; regadío: riega unas 34.000 hectáreas y producción hidroeléctrica en determinados saltos. También se ha consolidado como recurso turístico: se han recuperado los caminos de sirga como vías cicloturísticas y senderistas. Se realizan paseos en barco turístico en tramos de Herrera de Pisuerga, Villaumbrales y Medina de Rioseco.
El Museo del Canal está
situado en Villaumbrales, donde se exhiben restos de los astilleros. El Canal de Castilla es hoy un paisaje histórico. No solo importa el agua, sino todo lo que queda a su alrededor que constituye un patrimonio cultural e industrial de primer orden: esclusas, fábricas harineras, puentes, acueductos, dársenas, casas de escluseros, caminos de sirga, arbolado (en sus orillas han surgido ecosistemas de ribera, con vegetación
higrófila (carrizos, espadañas), bosques de galería (olmos, chopos,
álamos, fresnos, sauces) y arbustos; humedales y pueblos que nacieron o crecieron mirando al canal. Está considerado Bien de Interés Cultural y es una de las grandes rutas patrimoniales de Castilla y León.
En resumen: fue un proyecto ilustrado para sacar Castilla al mar; nació para transportar cereal y mercancías; costó décadas, millones de reales y muchísimo trabajo humano; el ferrocarril lo dejó atrás como vía comercial; y hoy sobrevive como canal de riego, abastecimiento, energía, memoria industrial, corredor ecológico y ruta turística.
Album sonoro familiar: "No te puedo querer"
Tras la guerra se asienta en Sevilla tocando este instrumento con diversas orquestas y en diferentes salas de fiesta. Conoce a Antonio Machín para quien compone en 1941 el bolero "Noche triste". A partir de entonces no cesará su producción con canciones como "Las doce en punto", "Un año más" y es coautor del pasodoble "No te puedo querer", la canción de mayor recaudación en la SGAE de 1952. Las versiones más conocidas de esta canción son las de Jorge Sepúlveda y "Los churumbeles de España" con la voz de Juan Legido. Esta canción será una de las fijas en verbenas, ferias y fiestas de toda España. Su letra muestra un desengaño amoroso - provocado al parecer por el desprecio de “la contraria” - del que el cantante sale, aparentemente, con garbo y chulería: “ahora es tarde, no hay remedio/ ya no te puedo querer”. También es autor de "La tres cosas" y "Puente de piedra"
No quiero que me supliques
Que yo te quiera
No quiero verte llorar
Ni quiero que pases pena
Despreciaste mi cariño
Cuando yo te lo entregaba
Y un cuchillo me clavabas
En mitad del corazón
Lo mismo que estás sufriendo
Yo también por tí sufrí
Hazte cuenta que me he muerto
Y no te acuerdes de mí
No te puedo querer
Porque no sientes
Lo que yo siento
No te puedo querer
Apartame de tu pensamiento
Un día te quise
Y al verme llorando
Tú te reías de mi padecer
Ahora es tarde, no hay remedio
Ya no te puedo querer
Yo bien quisiera quererte
Pero no puedo
La culpa no tengo yo
Ni mando en mi sentimientos
Tú jamás podrás negarlo
Que te quise ciegamente
Y que esclavo estuve siempre
De tu gusto y voluntad
Si ahora ya no te quiero
No te debes de dejar
Que te pago con monea
Que me enseñaste a acuñar
No te puedo querer
Porque no sientes
Lo que yo siento
No te puedo querer
Apartame de tu pensamiento
Un día te quise
Y al verme llorando
Tú te reías de mi padecer
Ahora es tarde, no hay remedio
Ya no te puedo querer








