domingo, 7 de diciembre de 2025

Mis viajes veraniegos a Autillo de Campos (1977-1982)

Seis años después de lo narrado en la entrada anterior, cuando la infancia empezaba a quedar atrás y asomaba tímidamente la adolescencia, en 1977 volví a la meseta castellana. Aquella vez el viaje tenía un peso distinto. Hacía apenas un par de meses que había fallecido mi abuela Teodora y mi abuelo Vicente, viudo y entristecido, quería reencontrarse con su hija, mi madre Cecilia a la que no veía desde hacía cinco años. Así que aquel verano regresamos, pero no a Fuentes de Nava, sino a Autillo de Campos, el pueblo en el que mi abuelo vivía con su hija mayor, mi tía Afrodísia. Nuestra llegada coincidió con el sorpresivo derrumbe de una parte de la casa de mi abuelo en Fuentes. Una obra en la vivienda contigua había provocado el desplome de la vieja pared de adobe sobre la zona de los dormitorios, precisamente aquellos en los que yo había dormido de niño, años atrás. De repente, las vigas, los adobes y el polvo se amontonaron donde antes había armarios, camas y recuerdos. Aquella ruina fue un drama para todos; para mí, era como si se hubiera venido abajo, de golpe, un trozo físico de mi infancia, una de esas habitaciones donde uno cree que el tiempo no pasa y que, sin embargo, un buen día deja de existir. 

Habían pasado seis años desde mi último viaje y no habían pasado en balde. Las locomotoras negras de vapor del Iberia Express que nos llevaban al pueblo se habían jubilado para siempre. En esta ocasión hicimos el trayecto en un convoy arrastrado por una locomotora diésel. Los compartimentos de aquel tren larguísimo eran algo más cómodos que los viejos coches de madera,  con asientos de skay verde, pero conservaban ese aire antiguo, como de otra época, donde se percibía el olor a una mezcla de polvo y  humo de tabaco rancio y donde se tejían, igual que años atrás, conversaciones entre desconocidos que coincidían durante un limitado  tiempo. El viaje comenzaba mucho antes de llegar a la meseta. Cogíamos el tranvía hasta Alsasua, todavía con la frescura de la mañana  pegada a la ropa, y allí enlazábamos con el tren “de verdad”. 

En Alsasua nos aguardaba la primera gran prueba de paciencia: las largas esperas. Las estaciones de entonces tenían algo de escenario de película antigua: bancos de madera,  un bar con olor a vino y calamares fritos, y un ir y venir pausado de viajeros con maletas de cartón y bolsas. Nosotros matábamos el tiempo mirando el tablón de salidas y llegadas y aguardando el momento en que por los altavoces sonara la  esperada cantinela:

—«Atención, señores viajeros: el tren procedente de… va a efectuar su entrada en la vía…»


A partir de ese momento, desde la ventanilla del tren el paisaje empezaba a abrirse: las montañas agrestes de la Barranca se iban achatando a medida que surcábamos la llanura alavesa, los montes se volvían cerros redondeados, hasta que, poco a poco, se imponía la llanura castellana como una tabla inmensa, surcada por campos de cereal, rastrojos amarillos y alguna hilera de árboles  marcando los cauces de los ríos.  El trayecto en el tren tenía algo de ceremonia repetida: el traqueteo metálico de las ruedas al pasar por las juntas de los raíles, el vaivén rítmico del vagón, el olor de los bocadillos envueltos en papel de peródico, que mi madre sacaba hacia media mañana, los niños inquietos, traviesos que se asomaban a la ventanilla y retiraban a última hora la cabeza cuando entrábamos en un túnel. La meseta se extendía, pelada y luminosa, bajo un cielo enorme, de un azul ligeramente blanquecino por el calor. Después venía el último tramo hasta Palencia, adonde solíamos llegar hacia las cuatro de la tarde, con el sol ya alto, pegando duro sobre las vías y sobre las fachadas de la estación. 

Desde Palencia tomábamos el autobús de línea hacia Autillo. Aquel autobús era un pequeño mundo en sí mismo: gente del pueblo que volvía con la compra hecha en la capital, algún viajante con su maletín, alguna anciana de luto riguroso con un pañuelo negro en la cabeza y una bolsa de tela bajo el brazo. El vehículo avanzaba por la carretera comarcal entre campos dorados y tierras de barbecho. Al fondo, de vez en cuando, se alzaban algunos palomares, con sus pequeños huecos en la parte alta, como fortines de barro custodiando la llanura. 

Llegábamos a Autillo sobre las seis o seis y media de la tarde. La luz a esa hora tenía un tono dorado, oblicuo, que alargaba las sombras de las casas y  los pocos árboles junto a las eras. El pueblo nos recibía con su calma habitual: algún tractor regresando despacio del campo, el ladrido de un perro, un vecino sentado a la fresca en una silla baja, la puerta de un bar entreabierta y el rumor apagado de unas voces dentro. Después venía la puesta al día, interminable, tras tantos años sin haber vuelto: preguntas, abrazos, comparaciones (“¡cómo has crecido!”), comentarios sobre los que ya no estaban y lo que había pasado en nuestra ausencia.

¿Qué recuerdo de aquella primera estancia en Autillo, tras tantos años de ausencia?. Sobre todo recuerdo al abuelo Vicente que por aquel entonces estaba  a punto de cumplir 80 años, y nuestros gestos cómplices de abuelo-nieto  como aquellos cortes de mangas que solíamos hacer tanto él como yo  riéndonos al tiempo que decíamos "por aquí".  Era nuestra broma particular de aquel verano. Además compartíamos habitación. Yo dormía en una turca, junto a él; mi hermano se apañaba en el sofá cama del cuarto de estar. Todavía le veo sentado en su sillón, junto a la ventana que daba a la calle, con la boina calada, la mirada a veces perdida en un punto indefinido, como ensimismada, tal vez  recordando  otras épocas de su vida. Toda su vida había sido pastor. En aquella habitación, los sonidos de la calle llegaban amortiguados: el paso de algún tractor, el murmullo de las vecinas que charlaban delante de la puerta, el grito lejano de unos críos jugando cerca.

Aún vivía mi tío Ángel González, que fallecería al año siguiente al caerse en un pozo en el campo, una tarde después de comer. Su presencia en la casa tenía algo de rutina : entraba con la camisa remangada, saludaba cariñosamente a mi abuelo, decía cuatro palabras y se volvía a ir. Mi hermano pasaba poco tiempo en casa. Cogía la bicicleta de mi tía, una bicicleta azul, sin barra y  y se echaba a los caminos. La llanura se prestaba a ello: carreteras secundarias casi sin tráfico, pistas de tierra que se perdían entre fincas de trigo y de cebada  y pueblos que asomaban en el horizonte como pequeños montículos de tejados rojizos. Algo similar haría yo mismo en los veranos de 1979 y 1982, cuando la bicicleta se convirtió para mí en una forma de ampliar horizontes y conquistar paso a paso, pedalada a pedalada la meseta: Fuentes, Abarca, Frechilla, Cisneros, Castromocho, Villarramiel… Los nombres de esos pueblos, vistos desde la bici, sabían a  sudor en la frente y a la recompensa de un refresco en casa o en  el bar de la plaza.

Recuerdo bien los atardeceres rojizos, cuando el sol caía lentamente detrás de los campos y teñía de naranja las paredes de adobe y las nubes delgadas. El aire se llenaba de un olor a tierra caliente que se enfriaba poco a poco. Recuerdo también los amaneceres, marcados por el canto del gallo, que sonaba muy cerca de nuestra habitación, la que compartíamos mi abuelo y yo. Esa voz estridente y puntual era nuestro despertador: a partir de entonces, perros, carros, puertas y voces iban componiendo, pieza a pieza, el sonido de la mañana.

Por las tardes solíamos dar paseos por las afueras. Salíamos del pueblo y, al poco, ya estábamos rodeados de campo abierto. Por un lado, el puente sobre el seco río Valdeginate, que a veces se reducía a un hilo de agua o a un cauce pedregoso; por otro, los caminos que llevaban a las parcelas, flanqueados por hileras de cardos, amapolas tardías y algún majuelo retorcido. Desde allí se veía, disperso en el campo, el paisaje de los palomares: construcciones circulares, de tapial y teja, con los huecos perfectamente alineados que recordaban a una especie de órgano detenido en medio del cereal. Algunos estaban medio derruidos, con la techumbre hundida; otros seguían en uso, rodeados a veces por un pequeño huerto.

El Canal de Castilla, cuando nos acercábamos a él, aportaba una nota distinta a todo ese paisaje seco. El agua discurría lenta y silenciosa entre los muros de piedra, apenas rizada por el viento. A su lado, la vegetación era más densa, más verde, como si el canal hubiera creado un pequeño mundo aparte dentro de la llanura. Ver pasar el agua, tan calmada, sabiendo que estábamos en pleno corazón de la meseta, tenía algo de hipnótico.
 

En la casa, la vida seguía los ritmos de siempre. Las vecinas venían a visitar a mi tía Afrodísia, y las conversaciones se alargaban  en la calle o en el cuarto de estar durante horas:  hablaban de todo y de todos: que si el hijo de fulanito que salía con menganita se va a casar de forma apresurada, que a fulano de tal le han visto con una querida, etc. Entre tanto, en la televisión echaban Curro Jiménez,  Raíces o Marco… 

En 1979 volvimos de nuevo mis padres y yo a Autillo porque mi hermano estaba haciendo el servicio militar en Cádiz. Aun así, le dieron un permiso y pudo acercarse al pueblo, de manera que aquel año volvimos a Pamplona juntos, adelantando el regreso. La dinámica este año era parecida: días de campo, conversaciones con el abuelo, excursiones en bicicleta por los caminos comarcales, en ocasiones junto a mi padre.

Al igual que años atrás había un día reservado para visitar la casa de los abuelos paternos, en esta etapa al menos un día íbamos a comer a casa de mi tía Socorro, la hermana mayor de mi padre que se había casado unos años antes con José Torres, primo segundo de mi madre. Mi tía Socorro se esmeraba en llenar la nevera con las cosas que sabía que nos gustaban: algunos embutidos, Kas de naranja o de limón  y algún envase de Pralín o de Nocilla.

No recuerdo el motivo por el que no fuimos en los veranos de 1980 y 1981, pero en 1982 regresamos a Autillo. Fui con mi madre, íbamos en un Electrotren de color rojo, que reducía el viaje, directo desde Pamplona,  a cuatro horas o cuatro horas y media; Salía, creo que al mediodía y llegábamos a media tarde. Pasada una semana, mi madre volvió a Pamplona —mi hermano trabajaba entonces en la factoría de Danone, en la Ulzama— y le relevó mi padre, con quien regresé finalmente a casa. Aquel verano sería el último que pasaría en Autillo. Al año siguiente sólo viajo mi madre; mi abuelo ya se encontraba muy mal y fallecería unos días antes de cumplir los 90 años, a finales de agosto de 1983. Con su muerte, de algún modo, se cerraba también mi ciclo de veranos en los pueblos de  Tierra de Campos.

De Autillo recuerdo la imagen de la iglesia de Santa Eufemia, con su torre exenta. La veía nada más abrir la puerta de la casa: allí, a la derecha, entre algunos árboles, recortada contra el cielo, como una presencia constante que desafiaba el paso de los años, el paso del tiempo.

Recuerdo también la fuente pública del pueblo. En aquellos años creo que ya había perdido su manivela. Sé que existe referencia documental de esa fuente al menos desde el siglo XVIII, aunque la construcción podría ser  más antigua. Durante mucho tiempo, el agua se había extraído mediante una manivela metálica giratoria, accionada a mano, que ponía en movimiento una serie de cangilones, al estilo de las norias. El agua que sobraba iba a parar a un pilón que servía de abrevadero para las mulas y ovejas que se acercaban al final del día. Cuando yo volví en esta segunda época, el pilón ya había desaparecido y el agua se sacaba con un pequeño motor eléctrico. En los años ochenta se desaconsejaba su uso por estar contaminado el acuífero de sulfatos y otros productos químicos y de origen orgánico que se filtraban por los fertilizantes agrarios usados en los campos vecinos. 

También recuerdo detrás de la iglesia, en un camino a la salida del pueblo, el palacio popularmente conocido como de la reina Berenguela aunque en realidad era el palacio de su mayordomo Gonzalo Ruiz Girón, señor de Autillo, posteriormente palacio de los señores de Reinoso. El palacio se encontraba, cuando iba yo a Autillo de vacaciones, muy deteriorado y el interior totalmente abandonado, pues no en vano había sido utilizado durante muchos años como granero.

El pueblo, y en especial este lugar, habían tenido su momento de gloria en la historia de España. Fue aquí, en 1217, donde la reina Berenguela, hija de Alfonso VIII de Castilla y de Leonor de Inglaterra, esposa desde 1197 de Alfonso IX de León,  abdicó en su hijo Fernando III, el Santo, quien, proclamado rey en este pueblo, acabaría unificando los reinos de Castilla y de León. Pensar en ese episodio, mientras uno veía al mismo tiempo a un tractor pasar lentamente por un camino polvoriento, producía una sensación extraña: la Historia con mayúsculas y la vida campesina de todos los días mezcladas en un mismo escenario de adobe, trigo y un  cielo enorme, en un horizonte sin fin. En este mismo pueblo también hubo combates en 1811 entre franceses y patriotas en el transcurso de la Guerra de la Independencia.

Así fueron aquellos veranos en Autillo de mi adolescencia y primera juventud:  largos trenes que cruzaban la meseta, autobuses circulando por carreteras regionales y por caminos polvorientos, bicicletas perdiéndose entre interminables campos de cereal, el abuelo Vicente en su sillón junto a la ventana, los palomares como pequeñas fortalezas de barro y el Canal de Castilla cortando, silencioso, la llanura. Un mundo que parecía inmóvil y que, sin embargo, también iba cambiando poco a poco, mientras iba creciendo, haciéndome adulto sin darme del todo cuenta.

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