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sábado, 8 de agosto de 2026

Soledad en la llanura. El abuelo

La llanura está hoy silenciosa. Solo se escucha, bajo los árboles, una fría y queda brisa en la tarde atardecida. Nubecillas oscuras se agolpan junto al ocaso enrojecido. El veraniego día oscurece su calor en la frialdad de una noche entristecida. Tañen lentas las campanas y su fúnebre sonido retumba y se pierde entre los álamos del río, entre los caminos solitarios, entre las callejas olvidadas de los pueblos de la llanura.

Ha muerto. Murió ya un hombre que era tierra, iglesia, hogar, ganado; personificación viva de aquellos pueblos, de aquella vida que hoy recuerdo con nostalgia y emoción contenidas.

Recuerdo su imagen: silencioso, justo enfrente, al lado de la ventana, en aquel sillón suyo, contemplando a las gentes que pasaban por el camino de la fuente o frente a las escuelas. Escuchaba yo sus historias con agrado, sus bromas y sus gestos. Qué humor, qué alegría desprendía aquel hombre de ochenta y tantos años.

Luego fue apagándose, como una vela que se consume, poco a poco; un poco más postrado cada día, pero lúcido hasta el final, aunque más triste, más silencioso, más amargamente solo.

Recuerdo también años atrás, en el pueblo, cuando aún vivía la abuela, en su casa, cuando regresaba del campo. Los años pasaron y se iban marcando en su rostro. Regresan a mi memoria las últimas imágenes, un año antes de su muerte.

Hoy la llanura está sola, extrañamente vacía y silenciosa. Paseo por el camino que separa un pueblo de otro y siento, más que nunca, esa soledad, la soledad y el abatimiento; y siento que se me muere el recuerdo. No podré verle más.

El pueblo queda atrás y parece ahora una masa informe de casas amontonadas, sobre las que destaca la alta torre de la iglesia que tañe esas lentas campanadas. Y paseo por una bulliciosa calle de mi ciudad y siento que, en mi interior, también tañen desde lejos esas campanas.

Le recuerdo sentado sobre una silla, temblorosa la mano, buscando en el bolsillo de la chaqueta la petaca de tabaco y el librillo; amasando luego entre sus arrugadas manos lo que sería un pequeño cigarrillo, que encendería con el viejo chisquero. La boina calada y el cigarro entre los labios. La mirada recta, seria, que se tornaba de repente en una sonrisa acompañada de un movimiento de cabeza, como diciendo: «¡Ay!». Y, de pronto, una tos seca por causa del tabaco.

Aquellos ojos profundos miraban el fondo de las personas; se clavaban en la ventana con una mirada perdida. Mirada perdida, como si recordara el pasado, como si lamentara el presente, como si supiera de antemano el futuro que le esperaba. Aquella nariz aguileña… Aquella tez sonrosada…

Sentía la lenta agonía del tiempo. Hoy la llanura atardece, pero llora en silencio —con esa soledad que se siente en el aire, en los árboles, en las calles, en los corazones— la muerte de un hombre que formaba parte de esa pequeña gran historia de los pueblos, de las gentes de Castilla.

Desde aquí, Castilla se me ofrece como un refugio para la reflexión, la lectura o la literatura. Pero sé que, para mí, esa llanura ya no tendrá aquella atmósfera de entonces, porque habrá perdido uno de sus más entrañables componentes.

No perdamos nunca la memoria ni el recuerdo de nuestros antepasados.

Vicente Torres Delgado. Fuentes de Nava, 1 de septiembre de 1893 – Autillo de Campos, 24 de agosto de 1983. Elegía escrita por su nieto Carlos Albillo Torres en octubre de 1983