viernes, 19 de diciembre de 2025

Mis origenes. Genealogía de los Albillo Torres

ACTUALIZADA. 15-1-2026. Aunque nacido en Pamplona mis orígenes familiares están en la localidad palentina de Tierra de Campos, Fuentes de Nava, pueblo reconocido desde 1983 como conjunto histórico artístico, famoso por su arquitectura de adobe y piedra, palacios señoriales, palomares, iglesias con retablos renacentistas y artesonados mudéjares y su cercanía a la Laguna de la Nava y al Canal de Castilla. Antes de que mis padres enfermaran y fallecieran en los años 2013 y 2014, logré reconstruir un primer y rudimentario árbol genealógico de mi familia que pude rastrear hasta finales del siglo XIX.  Hace un par de semanas hice un maravilloso hallazgo, el censo electoral de Fuentes entre 1890 y 1955, documento de acceso público  donde aparecen los varones, mayores de edad y desde 1934 también las mujeres, con indicación de su edad, sexo,  estado civil, oficio, domicilio, incluso indican si sabían leer y escribir. Todo un tesoro para conocer la evolución poblacional y  sociológica de Fuentes a lo largo de más cerca de 70 años. Posteriormente hice otro gran  descubrimiento, esta vez en el Archivo Histórico Diocesano de la Diócesis de Palencia. Con aquel primer documento que elaboré hace años contrastado con el censo de 1890 a 1955 logré reconstruir las tres generaciones que me antecedieron. Con lo encontrado posteriormente he logrado remontarme nada menos que a finales del siglo XVIII con lo que ampliaré mi investigación a cinco generaciones anteriores. Así, a finales del siglo XVIII descubrimos el matrimonio formado por Santiago Albillo y Antonia López. La pareja tiene, al menos, dos hijos Victoriano (1828) y Gregorio (1833). Victoriano se casa con Edulia o Obdulia Carriedo con la que tiene diez hijos: Celestina (1856), Santiago (1858), los mellizos Luis y Hermenegildo (1861) que fallecieron, Martín (1863), Juana (1866) también fallecida, Julio (1870), Florencio (1873), Pablo (1875) y  Martín (1898).

Si acudimos a los censos electorales existentes de Fuentes el primer dato documentado que tenemos del apellido Albillo es de 1890, cuando aparecen en el pueblo los mencionados  Santiago y Martín Albillo Carriedo, de 31 y 27 años de edad en ese momento y de profesión albañil. Tenían su domicilio en la calle Granadilla y en la calle Zorita respectivamente. No aparecen otros familiares masculinos que habían aparecido en el archivo diocesano por lo que cabe deducir o que  fallecieron antes de esa fecha (1890) (las mujeres no aparecían en el censo),  o que se trasladaron a otros pueblos a vivir, hecho que desconozco. Por informaciones familiares sabemos que Santiago, mi bisabuelo paterno, por parte del abuelo, se casa con Secundina Delgado (1858-1901) hija de Antonio Delgado y de Luciana Francisco,  y  que tienen varios hijos: mi abuelo paterno Máximo Albillo Delgado (1888) al que vemos en una fotografía de 1910,  y sus hermanos Petra (1885), Marino (1889) y Marcelino o Marceliano (1884), que de ambas formas lo he visto escrito, algunos de los cuales se dedican también  a la albañilería. 

Después de vivir en la calle Granadilla el bisabuelo Santiago pasó  a vivir a la calle Mayor, 34 durante bastantes años y más tarde al Alto de Sevilla, 2. Mi abuelo con 24 años, por su parte, cogió  la maleta en el año 1913  y se fue a hacer la Américas, recalando en Cuba y la Argentina. Volvió  al pueblo en 1919 cuando tenía  30 años pero no  había hecho fortuna y se fue a vivir con su padre en una casa de la calle Mayor. Al año siguiente,  el 3 de agosto de 1920 se casaba con Felicitas Alario Cisneros, y siguieron un tiempo viviendo en la casa paterna de la calle Mayor pero en 1924 se trasladaron a vivir a su nueva casa del Corro del Cuartel donde vivirá hasta el final de sus días. 

Felicitas, mi abuela paterna, era hija de León Alario Ovejero y de Isabel Cisneros Torres (1866-1916), mis otros bisabuelos paternos. El nombre de León Alario Ovejero (1866-1918), que era sirviente, aparece por primera vez en el censo electoral de Fuentes en 1897 cuando ya había nacido Felicitas que lo hace en 1896. León fue hijo a su vez de Vicente Alario y Francisca Ovejero. Los padres de Isabel se llamaban Esteban Cisneros y Felipa Torres. Felicitas tendrá otros dos  hermanos vivos, de nombre Amalia (1895) y  Cecilio (1906), diez más joven que ella. El matrimonio formado por León Alario e Isabel Cisneros, -se casaron en 1894-, tuvo otros seis hijos que fallecieron de forma prematura, no llegaron a cumplir el año y fueron: Esteban (1897), Baudilio (1900), Vitorina (1902), Heliodora (1904), Amalia (1905) y Mariano (1908).  

Marcelino o Marceliano Albillo Delgado, uno de los hermanos de mi abuelo Máximo, se casará con Juana Seco Rodríguez con la que tendrá  tres hijos: Gerardo (1919), Millán y Simón (1923) Albillo Seco, primos carnales de mi padre. Gerardo casará con Honorata Ibáñez López con la que tendrá dos hijos. Máximo por su parte tendrá dos hijas y un hijo: María Socorro (1921), Secundina (1922) y Antonino (1927), mi padre, del cual adjunto una foto de 1958.

Me centro ahora en la rama familiar materna. Así como la rama paterna estuvo centrada en la albañilería, con algún labrador ocasional, la rama materna se dedicó siempre a la ganadería, eran pastores de ovejas desde los tiempos del bisabuelo. Me tengo que remontar a 1893 para encontrar a mi primer bisabuelo materno: Rafael Torres Lagunilla (1853-1910), hijo de Juan Torres y María Antonia Lagunilla, domiciliado primero en la calle del Mesón y más adelante en la calle del Canal, tras casarse con Casimira Delgado Santiago (1857), hija de José Delgado y Paula Santiago. El matrimonio celebrado el 10 de abril de 1880 tendrá tres hijos, todos ellos se dedicarán a la ganadería, Vicente Torres Delgado (1893), mi abuelo materno, y sus hermanos Angel (1890) y Hermenegildo (1883). Mi abuelo Vicente se casa con Teodora Moro Tazo (1901) en torno a 1924-25 y se van a vivir de la calle Mayor al Corro de Postigo donde tienen y crían a sus cinco  hijos: Afrodisia (1926), Ignacio (1927), Rafael, Cecilia (1929), mi madre, de la que adjunto una foto de 1953, dos años antes de casarse con mi padre  y Casimiro (1932). Rafael se fue a la Argentina donde formó familia aunque falleció muy joven. Su muerte fue algo que nunca  acabó de superar su madre Teodora. Teodora Moro Tazo tenía como padres a Manuel Moro Torres (1863), hijo de Francisco Moro y Narcisa Torres y de Petra Tazo Martín, hija de Higinio Tazo y Candida Martin (1867).  

Mi bisabuelo Manuel Moro debió ser una persona muy versada y piadosa. Me cuentan que llevaba las cuentas de no se que infraestructura del Canal de Castilla y en el momento de fallecer llegó a dirigir  todos los salmos y recitaciones que le debían leer a los pies de la cama en aquel trascendental momento del final de  su vida. Mi bisabuela Petra debió ser una mujer menuda pero de gran carácter a tenor de lo comentado por mi madre Cecilia. Por lo que he podido averiguar la casa de los abuelos maternos de mi madre estaba en  la calle Huertas que finalmente y después de la estancia en el Corro del Postigo sería el último hogar de mis abuelos Vicente y Teodora y escenario de mis primeros viajes al pueblo que he narrado en una entrada anterior.

En los años 50 y primeros 60 muchos habitantes de Fuentes emigraron al norte de España: Bilbao, Pamplona, etc. A Pamplona acudió en junio de 1961 mi padre Antonino con su esposa Cecilia (-se habían casado el 15 de octubre de 1955 tras ocho años de "relaciones"-) y con su hijo Luis Angel, mi hermano (adjunto una foto suya de primeros de 1961, con apenas tres años de edad, todavía en Fuentes, cuando vivían en la calle Vega). Unos años antes  lo había hecho su hermana Secundina y su marido Manuel López. También Gerardo y su familia. Que yo recuerde también recalaron en Pamplona otras familias de Fuentes de Nava como los Calleja y otros que no recuerdo en estos momentos pero que indicaré en cuanto tenga más información. 

domingo, 7 de diciembre de 2025

Mis viajes veraniegos a Autillo de Campos (1977-1982)

Seis años después de lo narrado en la entrada anterior, cuando la infancia empezaba a quedar atrás y asomaba tímidamente la adolescencia, en 1977 volví a la meseta castellana. Aquella vez el viaje tenía un peso distinto. Hacía apenas un par de meses que había fallecido mi abuela Teodora y mi abuelo Vicente, viudo y entristecido, quería reencontrarse con su hija, mi madre Cecilia a la que no veía desde hacía cinco años. Así que aquel verano regresamos, pero no a Fuentes de Nava, sino a Autillo de Campos, el pueblo en el que mi abuelo vivía con su hija mayor, mi tía Afrodísia. Nuestra llegada coincidió con el sorpresivo derrumbe de una parte de la casa de mi abuelo en Fuentes. Una obra en la vivienda contigua había provocado el desplome de la vieja pared de adobe sobre la zona de los dormitorios, precisamente aquellos en los que yo había dormido de niño, años atrás. De repente, las vigas, los adobes y el polvo se amontonaron donde antes había armarios, camas y recuerdos. Aquella ruina fue un drama para todos; para mí, era como si se hubiera venido abajo, de golpe, un trozo físico de mi infancia, una de esas habitaciones donde uno cree que el tiempo no pasa y que, sin embargo, un buen día deja de existir. 

Habían pasado seis años desde mi último viaje y no habían pasado en balde. Las locomotoras negras de vapor del Iberia Express que nos llevaban al pueblo se habían jubilado para siempre. En esta ocasión hicimos el trayecto en un convoy arrastrado por una locomotora diésel. Los compartimentos de aquel tren larguísimo eran algo más cómodos que los viejos coches de madera,  con asientos de skay verde, pero conservaban ese aire antiguo, como de otra época, donde se percibía el olor a una mezcla de polvo y  humo de tabaco rancio y donde se tejían, igual que años atrás, conversaciones entre desconocidos que coincidían durante un limitado  tiempo. El viaje comenzaba mucho antes de llegar a la meseta. Cogíamos el tranvía hasta Alsasua, todavía con la frescura de la mañana  pegada a la ropa, y allí enlazábamos con el tren “de verdad”. 

En Alsasua nos aguardaba la primera gran prueba de paciencia: las largas esperas. Las estaciones de entonces tenían algo de escenario de película antigua: bancos de madera,  un bar con olor a vino y calamares fritos, y un ir y venir pausado de viajeros con maletas de cartón y bolsas. Nosotros matábamos el tiempo mirando el tablón de salidas y llegadas y aguardando el momento en que por los altavoces sonara la  esperada cantinela:

—«Atención, señores viajeros: el tren procedente de… va a efectuar su entrada en la vía…»


A partir de ese momento, desde la ventanilla del tren el paisaje empezaba a abrirse: las montañas agrestes de la Barranca se iban achatando a medida que surcábamos la llanura alavesa, los montes se volvían cerros redondeados, hasta que, poco a poco, se imponía la llanura castellana como una tabla inmensa, surcada por campos de cereal, rastrojos amarillos y alguna hilera de árboles  marcando los cauces de los ríos.  El trayecto en el tren tenía algo de ceremonia repetida: el traqueteo metálico de las ruedas al pasar por las juntas de los raíles, el vaivén rítmico del vagón, el olor de los bocadillos envueltos en papel de peródico, que mi madre sacaba hacia media mañana, los niños inquietos, traviesos que se asomaban a la ventanilla y retiraban a última hora la cabeza cuando entrábamos en un túnel. La meseta se extendía, pelada y luminosa, bajo un cielo enorme, de un azul ligeramente blanquecino por el calor. Después venía el último tramo hasta Palencia, adonde solíamos llegar hacia las cuatro de la tarde, con el sol ya alto, pegando duro sobre las vías y sobre las fachadas de la estación. 

Desde Palencia tomábamos el autobús de línea hacia Autillo. Aquel autobús era un pequeño mundo en sí mismo: gente del pueblo que volvía con la compra hecha en la capital, algún viajante con su maletín, alguna anciana de luto riguroso con un pañuelo negro en la cabeza y una bolsa de tela bajo el brazo. El vehículo avanzaba por la carretera comarcal entre campos dorados y tierras de barbecho. Al fondo, de vez en cuando, se alzaban algunos palomares, con sus pequeños huecos en la parte alta, como fortines de barro custodiando la llanura. 

Llegábamos a Autillo sobre las seis o seis y media de la tarde. La luz a esa hora tenía un tono dorado, oblicuo, que alargaba las sombras de las casas y  los pocos árboles junto a las eras. El pueblo nos recibía con su calma habitual: algún tractor regresando despacio del campo, el ladrido de un perro, un vecino sentado a la fresca en una silla baja, la puerta de un bar entreabierta y el rumor apagado de unas voces dentro. Después venía la puesta al día, interminable, tras tantos años sin haber vuelto: preguntas, abrazos, comparaciones (“¡cómo has crecido!”), comentarios sobre los que ya no estaban y lo que había pasado en nuestra ausencia.

¿Qué recuerdo de aquella primera estancia en Autillo, tras tantos años de ausencia?. Sobre todo recuerdo al abuelo Vicente que por aquel entonces estaba  a punto de cumplir 80 años, y nuestros gestos cómplices de abuelo-nieto  como aquellos cortes de mangas que solíamos hacer tanto él como yo  riéndonos al tiempo que decíamos "por aquí".  Era nuestra broma particular de aquel verano. Además compartíamos habitación. Yo dormía en una turca, junto a él; mi hermano se apañaba en el sofá cama del cuarto de estar. Todavía le veo sentado en su sillón, junto a la ventana que daba a la calle, con la boina calada, la mirada a veces perdida en un punto indefinido, como ensimismada, tal vez  recordando  otras épocas de su vida. Toda su vida había sido pastor. En aquella habitación, los sonidos de la calle llegaban amortiguados: el paso de algún tractor, el murmullo de las vecinas que charlaban delante de la puerta, el grito lejano de unos críos jugando cerca.

Aún vivía mi tío Ángel González, que fallecería al año siguiente al caerse en un pozo en el campo, una tarde después de comer. Su presencia en la casa tenía algo de rutina : entraba con la camisa remangada, saludaba cariñosamente a mi abuelo, decía cuatro palabras y se volvía a ir. Mi hermano pasaba poco tiempo en casa. Cogía la bicicleta de mi tía, una bicicleta azul, sin barra y  y se echaba a los caminos. La llanura se prestaba a ello: carreteras secundarias casi sin tráfico, pistas de tierra que se perdían entre fincas de trigo y de cebada  y pueblos que asomaban en el horizonte como pequeños montículos de tejados rojizos. Algo similar haría yo mismo en los veranos de 1979 y 1982, cuando la bicicleta se convirtió para mí en una forma de ampliar horizontes y conquistar paso a paso, pedalada a pedalada la meseta: Fuentes, Abarca, Frechilla, Cisneros, Castromocho, Villarramiel… Los nombres de esos pueblos, vistos desde la bici, sabían a  sudor en la frente y a la recompensa de un refresco en casa o en  el bar de la plaza.

Recuerdo bien los atardeceres rojizos, cuando el sol caía lentamente detrás de los campos y teñía de naranja las paredes de adobe y las nubes delgadas. El aire se llenaba de un olor a tierra caliente que se enfriaba poco a poco. Recuerdo también los amaneceres, marcados por el canto del gallo, que sonaba muy cerca de nuestra habitación, la que compartíamos mi abuelo y yo. Esa voz estridente y puntual era nuestro despertador: a partir de entonces, perros, carros, puertas y voces iban componiendo, pieza a pieza, el sonido de la mañana.

Por las tardes solíamos dar paseos por las afueras. Salíamos del pueblo y, al poco, ya estábamos rodeados de campo abierto. Por un lado, el puente sobre el seco río Valdeginate, que a veces se reducía a un hilo de agua o a un cauce pedregoso; por otro, los caminos que llevaban a las parcelas, flanqueados por hileras de cardos, amapolas tardías y algún majuelo retorcido. Desde allí se veía, disperso en el campo, el paisaje de los palomares: construcciones circulares, de tapial y teja, con los huecos perfectamente alineados que recordaban a una especie de órgano detenido en medio del cereal. Algunos estaban medio derruidos, con la techumbre hundida; otros seguían en uso, rodeados a veces por un pequeño huerto.

El Canal de Castilla, cuando nos acercábamos a él, aportaba una nota distinta a todo ese paisaje seco. El agua discurría lenta y silenciosa entre los muros de piedra, apenas rizada por el viento. A su lado, la vegetación era más densa, más verde, como si el canal hubiera creado un pequeño mundo aparte dentro de la llanura. Ver pasar el agua, tan calmada, sabiendo que estábamos en pleno corazón de la meseta, tenía algo de hipnótico.
 

En la casa, la vida seguía los ritmos de siempre. Las vecinas venían a visitar a mi tía Afrodísia, y las conversaciones se alargaban  en la calle o en el cuarto de estar durante horas:  hablaban de todo y de todos: que si el hijo de fulanito que salía con menganita se va a casar de forma apresurada, que a fulano de tal le han visto con una querida, etc. Entre tanto, en la televisión echaban Curro Jiménez,  Raíces o Marco… 

En 1979 volvimos de nuevo mis padres y yo a Autillo porque mi hermano estaba haciendo el servicio militar en Cádiz. Aun así, le dieron un permiso y pudo acercarse al pueblo, de manera que aquel año volvimos a Pamplona juntos, adelantando el regreso. La dinámica este año era parecida: días de campo, conversaciones con el abuelo, excursiones en bicicleta por los caminos comarcales, en ocasiones junto a mi padre.

Al igual que años atrás había un día reservado para visitar la casa de los abuelos paternos, en esta etapa al menos un día íbamos a comer a casa de mi tía Socorro, la hermana mayor de mi padre que se había casado unos años antes con José Torres, primo segundo de mi madre. Mi tía Socorro se esmeraba en llenar la nevera con las cosas que sabía que nos gustaban: algunos embutidos, Kas de naranja o de limón  y algún envase de Pralín o de Nocilla.

No recuerdo el motivo por el que no fuimos en los veranos de 1980 y 1981, pero en 1982 regresamos a Autillo. Fui con mi madre, íbamos en un Electrotren de color rojo, que reducía el viaje, directo desde Pamplona,  a cuatro horas o cuatro horas y media; Salía, creo que al mediodía y llegábamos a media tarde. Pasada una semana, mi madre volvió a Pamplona —mi hermano trabajaba entonces en la factoría de Danone, en la Ulzama— y le relevó mi padre, con quien regresé finalmente a casa. Aquel verano sería el último que pasaría en Autillo. Al año siguiente sólo viajo mi madre; mi abuelo ya se encontraba muy mal y fallecería unos días antes de cumplir los 90 años, a finales de agosto de 1983. Con su muerte, de algún modo, se cerraba también mi ciclo de veranos en los pueblos de  Tierra de Campos.

De Autillo recuerdo la imagen de la iglesia de Santa Eufemia, con su torre exenta. La veía nada más abrir la puerta de la casa: allí, a la derecha, entre algunos árboles, recortada contra el cielo, como una presencia constante que desafiaba el paso de los años, el paso del tiempo.

Recuerdo también la fuente pública del pueblo. En aquellos años creo que ya había perdido su manivela. Sé que existe referencia documental de esa fuente al menos desde el siglo XVIII, aunque la construcción podría ser  más antigua. Durante mucho tiempo, el agua se había extraído mediante una manivela metálica giratoria, accionada a mano, que ponía en movimiento una serie de cangilones, al estilo de las norias. El agua que sobraba iba a parar a un pilón que servía de abrevadero para las mulas y ovejas que se acercaban al final del día. Cuando yo volví en esta segunda época, el pilón ya había desaparecido y el agua se sacaba con un pequeño motor eléctrico. En los años ochenta se desaconsejaba su uso por estar contaminado el acuífero de sulfatos y otros productos químicos y de origen orgánico que se filtraban por los fertilizantes agrarios usados en los campos vecinos. 

También recuerdo detrás de la iglesia, en un camino a la salida del pueblo, el palacio popularmente conocido como de la reina Berenguela aunque en realidad era el palacio de su mayordomo Gonzalo Ruiz Girón, señor de Autillo, posteriormente palacio de los señores de Reinoso. El palacio se encontraba, cuando iba yo a Autillo de vacaciones, muy deteriorado y el interior totalmente abandonado, pues no en vano había sido utilizado durante muchos años como granero.

El pueblo, y en especial este lugar, habían tenido su momento de gloria en la historia de España. Fue aquí, en 1217, donde la reina Berenguela, hija de Alfonso VIII de Castilla y de Leonor de Inglaterra, esposa desde 1197 de Alfonso IX de León,  abdicó en su hijo Fernando III, el Santo, quien, proclamado rey en este pueblo, acabaría unificando los reinos de Castilla y de León. Pensar en ese episodio, mientras uno veía al mismo tiempo a un tractor pasar lentamente por un camino polvoriento, producía una sensación extraña: la Historia con mayúsculas y la vida campesina de todos los días mezcladas en un mismo escenario de adobe, trigo y un  cielo enorme, en un horizonte sin fin. En este mismo pueblo también hubo combates en 1811 entre franceses y patriotas en el transcurso de la Guerra de la Independencia.

Así fueron aquellos veranos en Autillo de mi adolescencia y primera juventud:  largos trenes que cruzaban la meseta, autobuses circulando por carreteras regionales y por caminos polvorientos, bicicletas perdiéndose entre interminables campos de cereal, el abuelo Vicente en su sillón junto a la ventana, los palomares como pequeñas fortalezas de barro y el Canal de Castilla cortando, silencioso, la llanura. Un mundo que parecía inmóvil y que, sin embargo, también iba cambiando poco a poco, mientras iba creciendo, haciéndome adulto sin darme del todo cuenta.

sábado, 6 de diciembre de 2025

Mis viajes al pueblo: Fuentes de Nava (1965-1971)

Cuando era niño, desde que tengo recuerdos, a primeros de agosto mi familia se preparaba para pasar un par de semanas en la casa de los abuelos, de mis abuelos maternos, Vicente Torres y Teodora Moro, situada, saliendo de la ronda de las Brujas a la izquierda, sobre una pequeña elevación del terreno, delante de lo que es  hoy la calle Cercas de Vega, antiguamente calle Huertas. 

Lo primero que me viene a la memoria de aquellos días  es el día de viaje. En casa, en Pamplona, todo empezaba mucho antes de subirse al tren. Mi padre, Antonino,  se levantaba muy temprano, más nervioso de lo habitual. Había que repasar bien todo: cerrar la llave del agua, bajar los plomos, comprobar una y otra vez que no se quedaba ninguna luz encendida. Una de las maletas, la más grande, la terminaba cerrando con cuerdas, "por si acaso".

Mi madre, Cecilia, ya tenía preparada la comida para la interminable jornada ferroviaria: unas generosas tortillas de patata con cebolla y algunos filetes, todo bien dispuesto en una fiambrera de las de antes. Yo vivía aquellos primeros días de agosto con una ilusión desbordada: significaban la ruptura con la aburrida cotidianidad y el comienzo de las vacaciones en el pueblo. Eran esos días y no otros porque era entonces cuando a mi padre le daban vacaciones en la fábrica, Bendibérica, antigua Frenos Urra.


Mi padre tenía la mala costumbre -o la bendita costumbre vaya usted a saber- de acudir con muchísima antelación a la estación del Norte. Se ponía muy nervioso antes de viajar, y claro, nos contagiaba a todos. A las ocho menos cuarto ya estábamos allí para coger el omnibús o tranvía hasta Alsasua, de color plateado, según guardo en la retina.

En Alsasua nos esperaba la primera prueba de paciencia: al menos dos horas, hasta las 11 de la mañana, dos horas que se hacían eternas hasta la llegada del  tren  Iberia Express, que venía desde Irún y acababa en Fuentes de Oñoro, en la provincia de Salamanca, casi en la muga con Portugal. Era un larguísimo convoy de una docena de vagones, con pasillos largos e interminables y aquellos compartimentos de madera tan característicos. Delante, una locomotora negra de vapor arrancaba con un resoplido hondo y nos arrastraba, traqueteando, a lo largo de la jornada. 

El viaje de apenas trescientos kilómetros duraba casi doce horas. Recuerdo el movimiento del tren, el calor dentro de los compartimentos, las jornadas luminosas de agosto vistas a través de la ventanilla del pasillo. Desde allí se sucedían las imágenes: la imponente proa del Monte Beriain al final de la sierra de San Donato, la sierra de Aralar, el desfiladero de Pancorbo abriéndose camino hacia la Meseta, algún toro de Osborne recortado en lo alto de un cerro, los túneles que se tragaban el tren y lo devolvían envuelto en humo.

Como niños inquietos, como solo lo pueden ser los niños  no solíamos aguantar demasiado tiempo quietos en el compartimento y de vez en cuando salíamos al pasillo ante la mirada desaprobatoria de nuestra madre, Cecilia. Las horas transcurrían lentas mecidos por el inconfundible traqueteo del convoy.

También recuerdo el variopinto paisanaje que llenaba aquellos vagones y compartimentos de madera: familias como la nuestra cargadas de bultos que viajaban desde la ciudad a sus pueblos de origen, "chortas" o reclutas que volvían a sus casas para pasar unos días, monjas, viajantes y jóvenes de ambos sexos en sus primeras escapadas viajeras por la geografía nacional de mediados y finales de los sesenta. Eran frecuentes las conversaciones improvisadas entre desconocidos, que a veces se quedaban a mitad de camino y otras llegaban hasta los destinos finales: Vitoria, Miranda de Ebro, Burgos, Venta de Baños...

A las cuatro y media llegábamos a Venta de Baños para hacer el último transbordo y coger el tren a Palencia, capital. No demasiado lejos de la estación se encontraba la parada del autobús de línea de Pobes, que generalmente nos dejaba en la calle Mayor de Fuentes en torno a las siete y media u ocho menos cuarto de la tarde, 
junto a la iglesia de Santa María. Desde allí, con las maletas más ligeras y el cansancio pegado al cuerpo, caminábamos hacia la casa de los abuelos. A medida que nos acercábamos a la trasera de la casa, los perros que estaban encerrados en el corral empezaban a ladrar como si nos reconocieran antes de vernos, lo que alertaba  al abuelo Vicente de nuestra llegada. La larga jornada de viaje había terminado.

Los abuelos nos preguntaban por como nos había ido el viaje y la conversación se alargaba hasta la cena e iba desde como habían crecido los niños, o sea nosotros, a los últimos acontecimientos acaecidos en el pueblo, desde nuestra última visita. Recuerdo que mi hermano y yo dormíamos en una cama en la habitación de mi tio Ignacio y en la otra mis padres. A la izquierda de esa habitación había otra donde dormían los abuelos. De aquella casa de la que conservo recuerdos muy nítidos me acuerdo del largo pasillo con una ligera inclinación ascendente desde la puerta de la entrada hasta la zona de las habitaciones en la parte más alta de la casa, y antes de llegar a ellas había una estancia que hacía de recibidor donde estaba la trébede y un  reloj de pared. Recuerdo bajar cada mañana descalzo por ese pasillo de baldosas rojas  fregadas hacía un rato por la abuela. El abuelo Vicente, con su chaleco negro, ya estaba jubilado por aquel entonces, pero seguía saliendo al campo a acompañar a su hijo Ignacio, que se ocupaba del rebaño de ovejas. Las ovejas dormían en una tenada cuatro casas más adelante. 

Al entrar en la casa había una estancia donde se secaban los quesos hechos por la abuela en la artesa y  también algunos chorizos colgados; Por unas escaleras se subía a una panera desde donde los gatos bajaban después, merodeando huidizos entre nuestras piernas Y también había un pequeño pajar aunque no recuerdo si se podía ver desde la panera o tenía un acceso directo.

A la izquierda del largo pasillo ascendente se abría un patio minúsculo y estrechísimo, con varias macetas de flores, enredaderas y un rincón donde mi abuela cultivaba perejil para utilizarlo en los guisos. El patio se iniciaba cerca de donde estaba la puerta de la cocina,  una estrecha estancia con dos partes bien diferenciadas, a la izquierda la pila del agua, el pozo, tapado con unas tablas, y el fogón donde se ponía el puchero, a la derecha la mesa de la cocina y en el medio de las dos partes de la estancia encontrábamos la puerta que daba al corral con los perros  y, bajo un sobrado, un pequeño corral de gallinas y la conejera justo enfrente de la puerta. Los perros, se llamaban Mora, una perra de pelo negro y Listo, el pobre muy viejito y de pelo grisaceo; eran los perros que recuerdo tenían mis abuelos cuando yo era muy niño, luego se incorporaría algún otro, de color canela, que respondía al nombre de Navarro, imagino que en homenaje a nuestra nueva patria adoptiva. 

En la cocina, junto a la puerta que daba al corral, había un ventanuco con cristales que dejaba pasar una luz escasa pero suficiente. En la pared colgaba un calendario zaragozano, de esos de taco, que el abuelo o la abuela deshojaban cada  día. Recuerdo perfectamente a mi abuelo Vicente comiendo un par de huevos fritos con pimentón en la cocina y también recuerdo a mi padre afeitándolo con una navaja de afeitar de las de antes, y tras el afeitado verse la cara en un espejito que había en la pared, rasuradita y brillante. Tras la cocina había una estancia,  la despensa, donde se guardaba el vino y en la que se guardaban tinajas, pucheros de barro, chorizos y manteca  y creo recordar que en la cocina había también una alacena donde mi abuela guardaba frascos, platos y algún dulce escondido. Siempre me ha sorprendido cómo en aquella casa, que no era tan grande, cabían tantas cosas y dependencias diferentes.

La casa de Vicente y Teodora estaba sobre una pequeña elevación, como las casas vecinas, mientras por debajo discurría un camino y, enfrente, se alzaba una enorme casa  llena de ventanales. En la pendiente de hierba frente a la casa colgaba a veces mi abuela la ropa blanca para que se secara al sol. Por las noches, desde aquella planicie, el cielo se abría como un libro de estrellas, y un farolillo en la esquina apenas rompía la oscuridad pero bastaba para que el pueblo pareciera más acogedor y sirviera de escenario para las interminables conversaciones de verano. No muy lejos de allí estaban las bodeguillas, hoy desaparecidas, y la calle de la Cárcaba, que también forma parte del mapa de mi memoria. 

Aunque pasábamos la mayor parte del tiempo en casa de mis abuelos maternos, no podía faltar la visita y comida de rigor en casa de mis abuelos paternos, Máximo Albillo y Felicitas Alario, que vivían en una casa situada en el corro del Cuartel, junto a la panadería de Sevilla. La panadería estaba situada a su izquierda. A su derecha había un taller de reparación de maquinaria agrícola y enfrente la casa de Martina, madrina de mi hermano Luis Angel que habitaba una casa enorme. Al franquear el portón de entrada de madera claveteada como tantas otras  recuerdo un zaguán con el suelo empedrado, como de cantos rodados, a la izquierda había un cuarto de estar con ventana  al Corro  y al fondo un dormitorio interior  o recámara con dos camas que  era el cuarto de los abuelos. Desde ese zaguán se podía subir a la panera, donde mi hermano me dice que había vasijas de cristal redondas que no eran sino garrafas de vino que luego se protegían con mimbre o esparto, o  monedas de cobre de la época de Isabel II y Alfonso XII. A la derecha del zaguán se abría la bajada a la bodega. 

En 1971 la bodega se hundió; el derrumbe amenazó la estabilidad de toda la casa y llenó de preocupación los últimos días del abuelo. Sin recursos para arreglarla, aquella angustia le fue minando hasta que murió de una parada cardiaca en junio de ese mismo año. Siempre he pensado que la preocupación por la bodega tuvo tanto que ver con su muerte como cualquier enfermedad y que precipitó su fallecimiento. Pasado el zaguán se accedía a una zona intermedia sin techo; a la izquierda estaba la cocina y una habitación, donde dormía mi tía Socorro y, más allá, un gran corral. A mano izquierda se veían los restos de una antigua cuadra con pesebre para las caballerizas.

Mi abuelo que había sido albañil en su juventud, como lo fue su padre Santiago,  había tenido, desde antes de la guerra, una cantina que a partir de los años 60 llamó "La Ponderosa", inspirado por la serie "Bonanza" famosa en la televisión de aquel  entonces. Estaba cerca de la plaza de Calvo Sotelo,  y también cerca de una pequeña tienda de alimentación regentada por una mujer a la que llamaban "la Jita". En casa de mi abuelo había también una radio de válvulas, con la que podía sintonizar "La Pirenaica"    en aquellos años grises de la última década del franquismo.

Los dos o tres últimos días de vacaciones los pasábamos en casa de mis tíos Angel y Afrodisia en el cercano pueblo de Autillo de Campos, a cuatro kilómetros de Fuentes. Era una casa grande, elegante, de dos plantas,  a la entrada del pueblo, muy cerca de la iglesia de Santa Eufemia, con su torre exenta. La puerta de la casa era de color crema, con timbre y aldaba metálica. Tras ella había un pequeño hall y una segunda puerta que daba acceso a la casa.

A la izquierda se encontraba el cuarto de estar, con el tresillo y la televisión, cuando todavía no todo el mundo la tenía. Allí recuerdo haber visto en aquellos años series como "Los persuasores", "Audacia es el juego", "Jim West", "El ladrón sin destino" y otras que se pierden en la niebla de mis recuerdos.  Al fondo del cuarto de estar había un dormitorio cuya ventana daba al corral y donde dormiría  años más tarde el abuelo Vicente cuando, ya viudo, se fue a vivir con su hija Afrodisia. 

El hall de entrada era amplio; allí estaba el imprescindible reloj de pared  y en mi recuerdo se cuela también la imagen de algún zorro disecado en actitud vigilante. A la derecha se abrían dos habitaciones, las de mis tíos y la que utilizaban mis padres cuando íbamos. Por unas escaleras se subía a la planta superior, donde había una despensa muy surtida: recuerdo  las galletas que mi tía acumulaba y que acababan caducándose. Desde el recibidor se pasaba a una antecocina y, a la derecha, a la cocina propiamente dicha. La radio de válvulas de la casa estaba en esa antecocina, acompañando el trajín diario.

Tras la antecocina se accedía a un patio con un pozo a la derecha. En la parte alta de la casa mi tía tenía unas colmenas de las que sacaba cera y miel; cerca, un bloque de flores daba color al conjunto, una parte del cual estaba cubierto por un sobretecho. A la izquierda se abría el corral, con gallinas, algún gallo un tanto agresivo y el corral de ganado.

Del pueblo de  Autillo recuerdo también una fuente a la salida del pueblo de la que salía agua al mover una manivela, un antiguo lavadero cubierto, la vieja torre de piedra donde se alojó la reina doña Berenguela convertida en pajar, los palomares redondos y ese ambiente de pueblo chico donde nuestra visita como en Fuentes se convertía en toda una novedad. 

Qué otros recuerdos guardo de aquel entonces. Son muchísimas las imagenes, momentos,  sonidos y olores que se agolpan en mi memoria pugnando por salir: los rebaños de ovejas levantando polvo por los caminos y las carreteras sembradas de cagalitas tras su paso, los cigarros de liar que encendían mi tío o mi abuelo con aquellos chisqueros, el olor en el establo de las vacas de Juanito, el sabor de la leche recién ordeñada, el porrón de vino fresco sobre la mesa de la cocina, los paseos hasta el Canal o a la Ermita de San Miguel, el refresco en Ca(sa) Petiso, la voz cantarina y nerviosa de mi tía Socorro sirviendo vino a los parroquianos en la cantina de mi abuelo, aquella cantina con mesas amarmoladas y patas de hierro colado que estaba situada cerca de la plaza Calvo Sotelo.

Si cierro los ojos, todo se mezcla: el traqueteo del Iberia Express, la voz  de mi padre revisando llaves y plomos, el sabor de la tortilla de patata con cebolla en la fiambrera, los ladridos de los perros al doblar la ronda de las Brujas, el chaleco negro del abuelo Vicente, la imagen de la abuela Teodora, vestida de negro desde que murió mi tío Rafael,  siempre afanada en algún trabajo,  la puerta claveteada del Corro del Cuartel, el abuelo Máximo, la casa  de Autillo, el zumbido de las radios de válvulas y los relojes de pared marcando una hora que ya no existe.